sábado, 6 de mayo de 2017

Mi casco por almohada

"Aquellos hombres habían atravesado una jungla casi impenetrable y no habían llegado al escenario hasta dos días después de nuestra llegada. No obstante, nos atacaron. Nos atacaron un centenar de japoneses contra nuestras fuerzas, compuestas por unos mil doscientos hombres y, salvo a esos prisioneros los habíamos aniquilado a todos. ¿Eran valientes o fanáticos? ¿Qué esperaban conseguir? ¿Creía de verdad su comandante que una compañía de soldados japoneses podía conquistar a un batallón de marines estadounidenses experimentados, seguros de sí mismos, mejor armados y apostados en terreno elevado? ¿Por qué no se habían dado media vuelta y se habían marchado a casa con sus hombres? ¿Ningún soldado japonés puede informar de su fracaso, no puede "sentir vergüenza"?. No tengo respuesta. Sólo puedo preguntarme por ese enemigo misteriosamente feroz, tan cruel y, sin embargo, tan valiente, un enemigo que en su inutilidad total, en su fanatismo, si quieren, podía hacer que yo sacara lo mejor de mí mismo para defenderme contra él."


Ficha: "Mi casco por almohada", Robert Leckie, editorial Marlow, 378 páginas, ISBN: 9788 492 472284

El 5 de enero de 1.942 el autor de este libro, Robert Leckie, un joven periodista deportivo residente en Filadelfia se alistaba en el cuerpo de marines y abandonaba temporalmente a su familia, iba a estar tres años ausente de casa, cruzó el país de una punta a otra y se embarcó junto con sus compañeros en la campaña que sostuvieron los EEUU contra el Imperio Japonés. 

En la jungla de Nueva Bretaña y en las Islas Salomón, lugares que ni siquiera aparecían con nombre en los mapas de la época, lidió con las múltiples fatigas de la vida militar, el clima tropical con su infierno de lluvia y enfermedades, y finalmente con un enemigo implacable. Herido en el segundo día de la batalla de Peleliu terminó en el hospital aquejado de una conmoción por el estallido de una granada y ese fue su punto y final en la participación en la guerra tras tres años verdaderamente duros en los que en más de una ocasión pensó que nunca volvería a casa vivo.



Robert era un hombre culto, autodidacta, había tenido la suerte de criarse en un hogar con una biblioteca bien provista y de allí surgió su pasión por la lectura y su vocación por ser escritor, había ya hecho sus pinitos antes de la guerra, con mayor o peor fortuna, pero fue al término de la misma cuando comenzó a poner por escrito sus experiencias en aquella terrible campaña del Pacífico y encontrar definitivamente su ocupación definitiva como periodista y autor de libros. Este que comento aquí fue su mayor éxito y está considerado una de las mejores producciones de literatura bélica sobre la Segunda Guerra Mundial, o al menos uno de los mayores éxitos editoriales de los libros que se escribieron y publicaron, ya en los años cincuenta, sobre el conflicto.

El testimonio que aporta sirvió a los guionistas, junto con la obra comentada en este mismo blog el pasado 21 de marzo "Diario de un marine" de Eugene B. Sledge,  de la serie "The Pacific" estrenada en televisión en 2.010, para articular la mayor parte de la historia. Tras la lectura del excelente "Diario de un marine" de Sledge pude ver la serie completa, antes solamente había visto algunos fragmentos, y sus imágenes y la historia que cuentan me hicieron revivir lo leído en el libro de Eugene, y por supuesto comprobar la fidelidad a la historia narrada tanto por el ex-marine sureño como por Robert Leckie, el paralelismo entre ambos libros, junto con las similitudes y diferencias con la serie han resultado de lo más estimulantes y entretenidas para mí... de forma que solamente puedo recomendar a cualquier aficionado al género bélico, sea en cine o en papel, que hagan lo mismo.

Es fascinante comprobar cómo una misma experiencia puede haber dado como resultado testimonios tan diferentes, y es que R. Leckie y E. Sledge eran dos hombres con un carácter bien distinto. Por cierto la elección de los actores de la serie para interpretarlos me pareció de lo más acertada, es que literalmente les dan vida. Leckie era católico, de origen irlandés, extrovertido y pendenciero... su mayor edad, 3 años más que Sledge, le hizo tener desde el comienzo del conflicto los años necesarios para presentarse como voluntario, de ahí que se incorporase ya en 1.942 como comenté, mientras que Sledge lo hizo en una fecha tan tardía como 1.944 tanto por su edad como por otras circunstancias. La batalla que supuso el bautizo de fuego para Eugene fue la que dejó fuera de combate a Robert... de modo que al igual que en la serie es fácil establecer diferencias entre la experiencia bélica de ambos. Robert se enfrentó sobre todo a la dureza del clima, a la jungla, al cansancio, al hambre y al sueño, a la fatiga del combate... mientras que Eugene ante todo se enfrentó a la posibilidad de morir un día tras otro y al horror de algunos de los combates más feroces de la Segunda Guerra Mundial. 



Borracho, pendenciero, ladrón, mujeriego, indisciplinado... pero a la vez un excelente soldado, ese es el retrato que nos ofrece R. Leckie de sí mismo y su camarilla. Sledge a su lado parece una monja de clausura y es que el propósito de ambos libros es diferente. Leckie es ante todo un escritor profesional que vive de su oficio y trata de ofrecer aquello que sabe que gustará a sus lectores, Sledge es un escritor amateur que escribe fundamentalmente para sí mismo y para su familia y solamente de forma accidental terminará publicando un libro sobre sus experiencias en combate. El propósito de ambos es muy distinto. De ahí que Leckie refleje diálogos abundantes, no sabemos hasta qué punto recordados fielmente o recreados de forma imaginativa, por no decir inventados. También nos vamos a encontrar con un buen número de anécdotas jocosas, mucha ironía, mucha crítica velada hacia la absurda disciplina del ejército y el cuerpo de marines (algo impensable en Sledge, verdadero devoto del cuerpo), y también una sinceridad directa y contundente. Leckie no va de héroe, y no tiene reparos en reconocer su ausencia de sentimientos y su hipocresía en alguna otra ocasión cuando tiene que fingir que la muerte de algún compañero le ha afectado, o su falta de remordimientos cuando abate a su primer enemigo y le importa un pimiento lo que ha hecho, a esas alturas de la campaña está tan embrutecido que los sentimientos humanitarios son ya desconocidos para él, solamente se preocupa de obtener "recuerdos" y llega a enfrentarse a un superior por un botín de guerra, tal y como refleja la serie. Si Sledge se horroriza al ver que hay marines que arrancan los dientes de oro de los japoneses muertos, o agonizantes en algún caso, Leckie no solamente no censura ese vil comportamiento, sino que envidia a un colega "Recuerditos" que lleva una buena bolsa de dientes de oro colgada al cuello y elogia por su falta de escrúpulos e inteligencia a la hora de sacar provecho de la guerra, o al menos no hace ningún juicio moral de un acto a todas luces reprobable... algo que será la nota dominante en la narración, es la institución del ejército en sí y la disciplina militar, contra la que chocó en numerosas ocasiones el blanco de sus críticas. En Eugene en cambio su caballo de batalla es la deshumanización del soldado que se enfrenta a algo que lo supera y que trata de mantenerse íntegro y no volverse loco... esa mirada horrorizada ante el atroz espectáculo de la guerra, reflejada en el personaje de la serie, también la veremos en el caso de Robert Leckie... pero mucho más atenuada.

El estilo entre ambos libros es diferente, Sledge carece de veleidades literarias pero en cambio su libro está lleno de parrafadas de corte filosófico donde trata de transmitir al lector sus sentimientos y hacerle partícipe del horror de la guerra. Leckie aparte de las anécdotas y los diálogos suele incluir poemas, canciones y añadir incisos de corte literario a la narración, era un lector cultivado y necesita demostrarlo con cierta frecuencia, de ahí sus alusiones a Homero y algún que otro escritor, hay anécdotas y recuerdos personales en una narración ágil y fluida que se lee casi de un tirón, pero también hay intentos notables de aportar una cierta calidad. En algo sí que coinciden ambos autores,  seguramente también con cualquier escritor que relata un conflicto bélico vivido en primera persona, un empeño en que aquello por lo que han pasado y por lo que han sufrido tanto costando tantas vidas de paso, no se olvide nunca. 

La campaña del Pacífico fue siempre el hermano pobre, desarrapado y enfermo de la campaña europea. Terminando además con una sospechosa sombra de haber ido demasiado lejos debido a las explosiones atómicas, algo a lo que hace alusión Leckie. La serie lo muestra muy bien en un determinado momento y también hacen referencia a ello ambos autores a su manera. Por cierto que la serie me pareció excelente aunque cambia muchas cosas de la narración de Leckie, quizás porque su narración es más detallada y precisa que la de Sledge al haber escrito la historia cuando los hechos estaban más frescos en su memoria. Ambos escritores coincidieron en la batalla de Peleliu... aunque Leckie fue herido y evacuado en el segundo día, aquel fatídico momento en el que varios regimientos de marines intentaron cruzar aquel aeródromo bajo el fuego enemigo. Sledge vivió aquel horror por treinta días, luego viviría el infierno de Okinawa tan crudo, o más, que el de Peleliu. Sin embargo Sledge sintió siempre una gran reverencia por los veteranos de los marines que ya formaban parte del cuerpo antes de la guerra y sobre todo por los que habían combatido en sus primeras campañas, especialmente en Guadalcanal y Cabo Gloucester... es decir, por soldados como Leckie y sus colegas de la primera división.


Al comienzo de la guerra el ejército, la aviación y la marina norteamericana se encontró con un escenario diferente al de 1.944, para ese año ya eran dueños de los mares y los cielos... no era así en 1.942, el año de la campaña de Guadalcanal, tan bien reflejado en este libro por Robert y por la serie. La marina y la aviación japonesas, todavía poderosas, disputaron de tu a tu durante meses la supremacía aérea y naval. Las acciones decisivas se realizaron en los cielos y en el mar, sin embargo la parte de combate terrestre también tuvo su importancia ya que la derrota de las fuerzas japonesas desembarcadas en la isla de Guadalcanal fue el punto de inflexión de aquella campaña. Por aquel entonces los japoneses eran todavía ese enemigo esquivo e imprevisible que se movía en la jungla con pericia y al que se tenía un respeto desmesurado. Pronto quedó manifiesta la incompetencia de los mandos japoneses al subestimar a su rival occidental. La seguridad en sí mismos, la buena organización y sobre todo la excelente potencia de fuego de las unidades americanas atrincheradas convirtieron aquellas primeras batallas en una carnicería donde los nipones se arrojaban una y otra vez infructuosamente contra las posiciones bien defendidas de los marines. Japón no había tenido todavía en el terreno militar la experiencia de una sucia guerra de trincheras como la Primera Guerra Mundial y comenzó el conflicto utilizando, con fatales consecuencias, unas técnicas de combate anticuadas. Los norteamericanos para entonces ya sabían que solamente el uso coordinado de las armas combinadas y la buena organización eran los elementos decisivos, además de los tradicionales buenos usos del terreno, fuerza numérica y armamento.



Otra cosa era lidiar contra el segundo enemigo a batir, mucho más pernicioso que el ejército japonés, en aquellos primeros enfrentamientos... el clima tropical, la jungla, la inexperiencia de los combatientes, el sueño, el miedo, la comida repugnante, las enfermedades, el agotamiento... fue ese enemigo, y no solamente los japoneses con sus ataques banzai y su estrategia de desgaste, el que hizo que aquellos soldados apenas se pudieran ya tener en pie cuando los embarcaron y sacaron de Guadalcanal. Se habían convertido en un ejército de despojos humanos debido a los tres meses de campaña en duras condiciones... de ahí que el momento más emotivo del libro, y no muy bien recogido en la serie, es cuando una vez embarcados, Leckie y varios compañeros piden que les sirvan un café a un marinero en la cantina del barco, es el momento que este les comenta que en los EEUU todo el mundo celebra su victoria en Guadalcanal, que les consideran unos héroes... en ese punto los aguerridos soldados que han sobrevivido a un infierno verde, que han pasado en ocasiones una noche tras otra sin dormir debido a los bombardeos navales y aéreos, con los nervios destrozados, enfermos y llenos de llagas, con ropas se les caen podridas a pedazos, no pueden evitar que se les salten las lágrimas, a esas alturas pensaban que todo el mundo les había olvidado.

Enlaces relacionados:
"Diario de un marine", "50 batallas que cambiaron el mundo", "Los Héroes"

 
Lo mejor: Un buen relato, ameno, muy bien narrado, de buena calidad, con un fondo optimista a pesar de todo, y que constituye uno de los mejores testimonios personales de aquella espantosa, pero fascinante, guerra. Me ha gustado especialmente también el tono general del libro, no se puede decir que sea pacifista, pero tampoco pone en un pedestal al ejército, no le duelen prendas por ejemplo a la hora de mostrar sus excesos en temas de disciplina y muestra en general cómo el sentido común y el sentido de lo que es justo o no, suele ser incompatible con el ejército y, no digamos ya, con la experiencia bélica.

Lo peor: No deja de ser un relato amable y condescendiente con los lectores, a pesar de sus momentos dramáticos, que los tiene, no se puede comparar con el relato de E. Sledge. No deja de ser un tebeo para adolescentes de la época en comparación con otras obras más maduras y personales, como la señalada, que ahondan mucho más en la experiencia vital de un combatiente y muestran el horror de la guerra con imágenes más vívidas... recomiendo la lectura de ambos, aunque reconozco que el libro de Eugene S. juega en otra liga.

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